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Desde el escritorio del pastor
Tercer Domingo de Cuaresma
Las relaciones humanas tienen dos dimensiones. Están las diferencias que nos dividen, y las necesidades que nos unen. Jesús eligió enfatizar estas últimas. El pasaje del Evangelio de la misa de este fin de semana es un buen ejemplo. Jesús necesitaba un cubo con una cuerda para llegar al agua, y la mujer lo tenía. La mujer necesitaba aceptación, aunque de un desconocido, y Jesús se la dio. Ella estaba junto al pozo “afuera” del pueblo, mientras que el pozo social estaba en el corazón del pueblo, donde todas las demás mujeres se reunían para buscar agua y socializar. Ella fue “excluida”. Sin duda, vivía una vida solitaria y Jesús le brindó la atención que tanto necesitaba. Aunque él era hombre y ella mujer; aunque él era judío y ella samaritana; sus necesidades los unían: él necesitaba agua, ella necesitaba aceptación.
También había algo “espiritual” en su encuentro. Como señaló, ella había roto cinco matrimonios. Esa es probablemente una de las razones por las que no fue aceptada por las demás mujeres del pueblo. Sin mencionar el hecho de que no estaba casada con el hombre con el que ahora vivía. No solo se sentía sola, sino también espiritualmente perdida. Jesús no la condenó ni la castigó. Le dijo que podía encontrar su camino a través de Él. Necesitaba agua para su alma, y Él podía ser esa agua para ella.
Cuando nos reunimos en Misa, cada uno de nosotros viene con su propia historia, que solo Jesús conoce. Buena para algunos; una lucha para otros. Mala para algunos; buena para otros. Lo único que nos une es que venimos al pozo de la Sagrada Eucaristía, para encontrarnos con la Persona que puede darnos Agua Viva a través de Su Cuerpo y Su Sangre. Él nos conoce mejor que nosotros mismos. Quiere ser nuestro compañero en esta peregrinación de la vida, nuestro camino de fe. Si le llevamos nuestra sed y le permitimos saciar nuestra hambre, nuestro ánimo se elevará, como en el caso de la mujer junto al pozo hace dos mil años. -Monseñor Greg