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Desde el escritorio del pastor
Tercer domingo de Pascua
El laboratorio de Thomas Edison fue destruido casi por completo por un incendio en diciembre de 1914. Aunque los daños superaron los 2 millones de dólares, el edificio solo estaba asegurado por 250.000 dólares, ya que estaba construido de hormigón y se consideraba incombustible. Gran parte del trabajo de Edison se consumió aquella noche entre unas llamas terribles e indiscriminadas. En el momento álgido del incendio, el hijo de Edison, Charles —de veinticuatro años—, comentó: «Se me partía el corazón por él. Tenía sesenta y siete años —ya no era un hombre joven— y todo se estaba reduciendo a cenizas». Al ver a Charles, Edison le preguntó: «¿Dónde está tu madre? Búscala y tráela aquí, pues nunca en su vida volverá a ver algo semejante». A la mañana siguiente, mientras contemplaba las ruinas, declaró: «Hay un gran valor en el desastre. Todos nuestros errores se han quemado. Gracias a Dios, podemos empezar de nuevo». ¡Tres semanas después del incendio, Edison inventó el primer fonógrafo!
La gran pérdida de Thomas Edison, así como su actitud filosófica ante la adversidad, demuestran cómo la decepción y la tragedia pueden transformarse en esperanza y optimismo. La historia del Evangelio de este fin de semana —que narra el encuentro de los discípulos con Jesús Resucitado en el camino a Emaús— presenta una profunda mezcla de decepción, duda y angustia, todo ello entremezclado con el dolor de la pérdida. Una gran variedad de emociones pueden fácilmente «cegar a las personas ante las posibilidades que tienen frente a sí». Cleofás y su compañero no reconocieron a Jesús «en medio de ellos» precisamente a causa de esa mezcla de emociones. Jesús ayuda a disipar esa ceguera dirigiendo la atención de los discípulos hacia dos dones de Dios de suma importancia: Su Palabra, que hallamos en las Sagradas Escrituras, y Su amor, presente en la Eucaristía. Al recurrir a las Sagradas Escrituras y alimentarse de la Santa Eucaristía, el corazón de aquellos discípulos ardía en su interior, dando como fruto una alegría llena de esperanza.
Quizás podamos aprender de esta historia —que volvemos a escuchar durante este Tiempo Pascual— acerca de esos mismos dos dones que también están a nuestra disposición: la Palabra de Dios y el Cuerpo y la Sangre de Dios. Ellos pueden ayudarnos también a nosotros, hoy en día, a sobrellevar la decepción y la adversidad. Pueden transformar la tristeza en alegría y esperanza. —Mons. Greg