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Desde el escritorio del pastor
Fiesta de la Dedicación de la Basílica de Letrán en Roma
El Evangelio de hoy comienza con la Pascua judía acercándose y Jesús dirigiéndose a Jerusalén. La Pascua, esa gran fiesta que conmemora la liberación de Israel de Egipto por Dios, presenta un telón de fondo de liberación y sacrificio. El templo, el corazón del culto judío, debería ser un lugar de pura devoción a Dios. Pero ¿qué encuentra Jesús? Comerciantes vendiendo bueyes, ovejas y palomas; cambistas sentados a sus mesas. No eran simples vendedores inocentes; formaban parte de un sistema que explotaba a los peregrinos. Eran deshonestos.
La respuesta de Jesús es visceral e inmediata. Hace un látigo de cuerdas y los expulsa a todos: los animales, la gente, el caos. Volca las mesas, esparce las monedas y ordena: «¡Saquen esto de aquí! ¡Dejen de convertir la casa de mi Padre en un mercado!» (v. 16). Aquí se percibe una pasión visceral, un celo que evoca el Salmo 69:9, que los discípulos recuerdan más tarde: «El celo por tu casa me consumirá» (v. 17). En este acto, Jesús proclama el templo como «la casa de mi Padre», afirmando su filiación divina y su autoridad. No se trata simplemente de limpiar un desorden; es una señal profética, un anticipo del juicio sobre un sistema religioso corrupto.
Al reflexionar sobre esto, me pregunto acerca de mi propio «templo». Pablo nos dice en 1 Corintios 6:19 que nuestros cuerpos son templos del Espíritu Santo. ¿Qué desorden he permitido en mi vida que me distrae de la adoración pura? ¿El ajetreo, el materialismo, incluso las actividades bienintencionadas que desplazan el tiempo con Dios? El látigo de Jesús no nos condena, sino que nos purifica con amor, instándonos a limpiar lo que profana los espacios sagrados de nuestro corazón y alma. Para concluir esta reflexión, ofrezco esta oración: Señor Jesús, limpia mi corazón como limpiaste el templo de Dios en su ciudad, Jerusalén. Expulsa lo que no me pertenece y transfórmame a tu imagen. Que el celo por tu casa me consuma, llevándome a una adoración más profunda y una fe más firme. Ayúdame a verte como el verdadero templo, donde encuentro la comunión eterna con el Padre. Amén. -Mons. Greg