Blog

Recent Posts

Archives

Categories

Escritorio del pastor

Decimoseptimo Domingo del Tiempo Ordinario, 27 de julio

Un niño pequeño se acerca a su hermana, un poco mayor, y le pregunta: «Susie, ¿es posible ver a Dios alguna vez?». Ocupada en otras cosas, Susie responde secamente: «No, claro que no, tonta. Dios está tan arriba en el cielo que nadie puede verlo».
Aún con la duda, se acerca a su madre: «Mamá, ¿es posible ver a Dios alguna vez?». «No, no realmente», dice su madre con dulzura. «Dios es espíritu y mora en nuestros corazones, pero nunca podemos verlo realmente».
Esta respuesta lo satisface por el momento, pero aún le da vueltas la cabeza. Unos días después, su querido abuelo lleva a su nieto a pescar. Se lo pasan genial juntos; ha sido un día ideal. Al ponerse el sol, el abuelo deja de pescar y se concentra en la belleza que se despliega ante sus ojos. Al ver la paz y la satisfacción en el rostro de su abuelo, el niño reflexiona un momento y pregunta vacilante: «Abuelo, no iba a preguntarle a nadie más, pero me gustaría saber si puedes decirme algo que llevo tiempo preguntándome. ¿Puede alguien ver realmente a Dios?».
El anciano ni siquiera gira la cabeza. Transcurre un largo instante antes de que finalmente responda. «Hijo», responde en voz baja, «cada vez me cuesta más ver».
Nuestra curiosidad por Dios en nuestra tierna juventud y nuestros pensamientos sobre Él en nuestra vejez parecen enmarcar la parte media de nuestras vidas, cuando es muy fácil no pensar mucho en Él o simplemente no tan a menudo. La oración auténtica es una forma de hablar con Dios a lo largo de nuestra vida, de reconocer su presencia y sus bendiciones. La oración es una forma de expresarle nuestra gratitud o de pedirle su guía y ayuda.
Nuestra curiosidad juvenil no debe disminuir a medida que maduramos y nos convertimos en adultos; Nuestra visión de Dios en el ocaso de nuestros años no debería ser el único momento en que lo veamos presente.
La oración es ese don de Jesús que nos anima a tener siempre curiosidad por nuestro amoroso Padre Dios, y nos ayuda a verlo presente constantemente a lo largo de nuestra vida, no solo al acercarnos a la vida eterna. -Monseñor Greg